Almería produce todo el año porque el clima se lo permite: radiación elevada, inviernos suaves y una pluviometría tan escasa que la humedad ambiental depende casi por completo del manejo. Este mismo clima es el que ha empezado a comportarse de una forma cada vez menos previsible.
Los episodios extremos han dejado de ser excepción. Danas y lluvias torrenciales concentradas en pocas horas descargan sobre un territorio semiárido sin capacidad de drenaje, con encharcamientos que saturan el suelo justo en las fases más sensibles del cultivo. Los golpes de calor fuera de temporada y las oscilaciones bruscas de temperatura alteran los ciclos previstos y estresan a la planta en momentos en que debería estar en pleno desarrollo.
A la vez, la presión sobre el agua sostenida durante décadas ha ido elevando la salinidad en parte de los acuíferos de la zona. Un cultivo que crece con estrés salino desarrolla un sistema radicular más débil y menos capaz de compensar cualquier otra agresión.
El resultado es un sistema que ya no puede planificarse solo sobre la media histórica. La capacidad de adaptación —de la estructura, del programa de manejo y de la propia planta— ha pasado a ser tan determinante como el rendimiento potencial.